“Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos”
Ernesto Sábato
Cualquier día nos ponemos manos a la obra y reorganizamos la casa, corremos los muebles de lugar o simplemente reordenamos las cajoneras. En eso podemos dar con un viejo álbum de fotografías, con unas tapas de colores ya medio desgastadas y con la inscripción de algunas fechas de cuando fueron tomadas. Álbumes que en tiempos del celular como dispositivo para capturar instantáneas ya prácticamente han caído un poco en desuso. Entre las páginas de aquel álbum nos encontraríamos casi de seguro con fotos de diversos momentos felices de la infancia, en algunas nos reconoceríamos simplemente corriendo, jugando. En otras con pequeños amigos de aquel tiempo y en algunas más riendo con uno u otro familiar. Un verdadero viaje al pasado, un álbum de recuerdos, unas láminas que no son otra cosa que las raíces de lo que somos ahora. Nos damos cuenta de que, de alguna manera, vivir consiste precisamente en eso, en construir futuros recuerdos.
La infancia es un periodo sensible y crucial en la vida de una persona. Una etapa en la cual suceden los primeros eventos importantes de nuestra vida, donde se generan una serie de vínculos afectivos y también cuando se comienzan a crear los primeros recuerdos que influirán en la vida adulta: La celebración del primer cumpleaños, los primeros viajes, las navidades, los paseos familiares vividos como aventuras de descubrimientos, la preparación de comidas especiales, las primeras lecturas y los juegos infinitos. Todas aquellas experiencias positivas, lúdicas, que permitirán al niño ir desarrollando el entramado de competencias sociales y emocionales, bases de su desarrollo futuro.
De esta serie de acontecimientos propicios para ser vivenciados como primeras experiencias, como primeras habitaciones de aquel edificio que construirá nuestra memoria de adultos, los recuerdos que escriben la trama de quienes somos, las vacaciones suelen ser una buena instancia para construir futuros recuerdos. Imágenes entrañables que viajan hasta nuestro presente desde el pasado. Unas vacaciones que no significan necesariamente un viaje idílico, lleno de grandes eventos. Las vacaciones son el momento del año en que contamos con más tiempo que lo habitual y ese mismo hecho, de contar con más tiempo de lo habitual, permite realizar rituales familiares – rituales que entenderemos como acontecimientos o fechas que las familias vivencian conjuntamente- que aumenta el afecto, la solidaridad y sentido de pertenencia al grupo familiar, permitiendo a los niños participar de un relato afectivo en común, que hace de la familia una comunidad de propósitos significativos, que quedaran atados a los recuerdos una vez que se vayan haciendo adultos. Por ejemplo, podría ser la preparación de una comida especial para las vacaciones, compartir una película, el paseo por las tardes de verano, etc.
Tener un registro de las primeras experiencias de la infancia, ayuda a que niños y niñas vayan construyendo la narrativa de sí mismos. Un álbum de fotos es un ejemplo común para registrar los recuerdos. Mirar una foto permite evocar experiencias pasadas, emocionalmente agradables, que van construyendo la historia familiar y la identidad del niño/a
