Nunca se consiguen liquidar los problemas, siempre queda una huella, pero podemos darles otra vida, una vida más soportable y a veces incluso hermosa y con sentido.
Boris Cyrulnik.
El destacado Psiquiatra y psicoanalista francés Boris Cyrulnik -reconocida autoridad mundial sobre el concepto de resiliencia-, define ésta como la capacidad de hacer frente a las adversidades, poder superarlas y además, salir fortalecido de ellas.
El propio Cyrulnik, de origen francés, debió enfrentar en su niñez enormes dificultades. Una vez ocupado su país natal por las fuerzas de Hitler, su familia -de origen judío- tuvo que huir, mientras el pequeño Boris cambiaba de lugar constantemente durante la guerra, hasta cuando los alemanes tuvieran que abandonar Francia una vez finalizado el conflicto. Cyrulnik se vio frente a la circunstancia de trabajar, con solo 6 años. De sus padres no sabría nunca más. Aquel niño se convertiría en el eminente psiquiatra de la actualidad. Aún hoy visita los lugares que le dieran refugio en aquel tiempo oscuro, junto con la mujer que le dio protección y un ambiente de seguridad. Aquel otro significativo del cuál habla su teoría. El propio Cyrulnik se convierte así en ejemplo de una persona resiliente, que, enfrentado a múltiples circunstancias difíciles y traumáticas, junto con el apoyo de una mujer anónima que le dio cobijo, logró tener las herramientas y recursos que le permitieron superar esos traumas de infancia.
Es principalmente en los primeros años de vida cuando se adquieren las herramientas que favorecen la resiliencia. La seguridad que se entrega al niño y niña en los primeros años de vida constituirá uno de los factores claves que le permitirá ser resiliente. Esta seguridad es entregada por el cuidador principal –que llamamos figura de apego-, que puede ser la madre, el padre o abuelos –como la mujer que le dio protección a Cyrulnik-. Aquellos darán al niño una sensación de seguridad y confianza en sí mismo que serán fundamentales para superar las adversidades en el transcurso de su vida. Son estos vínculos afectivos, -que ocurren en la primera infancia-, que se van construyendo en el día a día los que van creando seguridad y confianza en sí mismo.
La seguridad construida en lo cotidiano se va tejiendo en torno a múltiples y pequeños acontecimientos: los almuerzos, los paseos al aire libre, los juegos, las tonalidades de voces amables y cariñosas, las formas acogedoras de hablar, el sonreír; así se va enhebrando la trama afectuosa de las primeras interacciones, donde se desarrolla la resiliencia. El niño/a conocerá su contexto, conocimiento que le permitirá lograr predecir las reacciones de su entorno, aquello le van generando una sensación de seguridad y bienestar. El niño/a necesita de este ambiente, estructurado, predecible y estable, para su adecuado desarrollo psicológico.
La resiliencia no ocurrirá en la soledad, el niño/a no superara un trauma por si mismo, muy por el contrario, siempre necesitará el apoyo y la guía de otros significativos. Serán estas personas significativas – para el niño/a- quienes le permitan el desarrollo y avance después de haber experimentado un trauma. Aquí radica la importancia de la familia, la escuela y la sociedad como factor favorecedor de respuestas resilientes, lo que Cyrulnik llama “tutores de resiliencia”. Definitivamente entonces decimos: la resiliencia ocurre siempre en el encuentro con el otro.
