“Lo que me hace grande no es lo que me sucede, sino lo que hago con ello”
Søren Kierkegaard
Desde cierta perspectiva sobre las cosas, nos gusta y acomoda pensar la vida como un cumulo de experiencias controlables, predecibles. No obstante que la vida misma, en su devenir, se encarga de darnos diarias manifestaciones de ser todo lo contrario, por mucho que nos empeñamos en tener todo en orden, y así, evitar cualquier sobresalto que nos pudiera mínimamente incomodar. Así como la incertidumbre nos resulta intolerable, al contrario, la sensación de control nos aporta seguridad. Nos incomoda profundamente lo impredecible.
Aquella intolerancia a lo que pudiera ser incierto se ha agudizado en estos tiempos de confort, de espacios predecibles, de objetivos controlados y pasos previamente marcados como la estrategia de un juego trazado en un pizarrón. Intentamos simplificar la vida al máximo, buscando la eficiencia en toda y cualquier dimensión de la vida. Evitamos a toda costa cualquier emoción desagradable que pudiera amenazar nuestra sensación de seguridad, de estabilidad.
Si bien pudiera ser comprensible cierta resistencia a esta incertidumbre, la vida se nos presenta de manera inevitable como un desafío. Es, precisamente, la exposición a estos desafíos -o estresores- lo que nos permite desarrollar competencias que hasta el momento no conocíamos o simplemente no habíamos descubierto. Las vivencias inesperadas, que irrumpen en nuestra cotidianidad de manera sorpresiva, son aquellas que permiten desplegar nuestros recursos y competencias, desarrollar nuevas habilidades, empujándonos a elaborar las emociones, en particular las desagradables, redireccionar y encontrar nuevos sentidos. Es precisamente en las experiencias que se nos ofrecen como retos donde se construyen las emociones y las narrativas de nuestra vida e identidad.
En conclusión: Aunque a todos nos resulte más o menos difícil aceptar lo incierto, no podemos negarnos a que los desafíos, en una justa dosis, son la base del desarrollo y de la salud mental. Evitarlos -o peor, suprimirlos- sería, simplemente, empobrecer nuestra vida psíquica.
